La perdida del IKIGAI

Cuando una organización pierde el ikigai, empieza a vaciarse por dentro

En muchas empresas seguimos hablando de productividad, compromiso y resultados, pero evitamos una conversación más incómoda y profunda: la pérdida de sentido.
No siempre se va el talento. A veces, lo que se pierde primero es el ikigai.

El ikigai —entendido de forma práctica, no filosófica— es ese punto de equilibrio entre lo que una persona sabe hacer bien, lo que aporta valor real y aquello que le permite sentirse digna de su trabajo. Cuando ese equilibrio se rompe, el desgaste no tarda en aparecer. Y no se soluciona con incentivos, beneficios o discursos motivacionales.

La persona sigue cumpliendo. El sistema sigue funcionando.
Pero algo esencial ya no está.

El desgaste silencioso que las métricas no miden

Hoy vemos equipos que entregan resultados, pero sin orgullo. Profesionales competentes que ya no se reconocen en lo que hacen. Carreras que avanzan en el organigrama, pero retroceden en sentido.

Este fenómeno no es una crisis individual: es un riesgo organizacional.
Porque cuando el ikigai se pierde:

  • El compromiso se vuelve transaccional.

  • La lealtad se reemplaza por conveniencia.

  • La cultura se sostiene por inercia, no por convicción.

Y ninguna empresa sólida se construye solo con inercia.

El liderazgo como custodia del sentido

Acá es donde el liderazgo deja de ser una función técnica y se convierte en una responsabilidad ética.

Un líder no es propietario del talento de su equipo. Es, como mucho, un custodio temporal del propósito de las personas que lo acompañan. Su rol no es solo exigir resultados, sino cuidar que el trabajo no vacíe a quien lo realiza.

Eso implica conversaciones difíciles:

  • Detectar cuándo alguien ya no encuentra sentido en su rol.

  • Aceptar que el crecimiento de una persona puede no coincidir con las necesidades de la empresa.

  • Entender que retener sin propósito es una forma elegante de desgaste.

El liderazgo maduro no se mide solo por a quién mantiene, sino también por a quién ayuda a partir con dignidad.

A veces, liderar bien es dejar ir

Esta idea incomoda, pero es fundamental decirla:
cuidar el ikigai de alguien puede significar acompañarlo fuera de la organización.

No es una derrota. Es una señal de liderazgo fuerte, no débil.

Las personas que se van respetadas:

  • Hablan bien de la empresa.

  • Mantienen vínculos profesionales sanos.

  • Se convierten en embajadores silenciosos de una cultura seria y humana.

Las que se quedan sin sentido, en cambio, terminan erosionando desde dentro.

El verdadero legado de un líder

Al final, los indicadores financieros cuentan una parte de la historia.
El verdadero legado se ve en las personas: en cómo crecieron, en cómo trabajaron, en cómo se fueron.

Un líder que cuida el ikigai de su equipo entiende algo esencial:
el trabajo es un medio de desarrollo humano antes que un fin en sí mismo.

Cuando una organización respeta eso, no solo retiene talento.
Construye reputación, coherencia y futuro. Y eso, en tiempos de ruido y cinisme, es una ventaja competitiva difícil de copiar.

Por eso te Invito a que no dejes que se pierda el IKIGAI de los que te rodean, y menos el tuyo propio.

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